Biografía de Alejandro VI

Como no podía ser de otra manera, para conocer a un personaje histórico antes hay que empezar por una biografía más o menos sucinta que nos ayude a entrar en el contexto en que vivió. A continuación podemos leer la biografía de Alejandro VI, o de Rodrigo de Borja, como fue llamado al nacer.

El que sería papa nació en Játiva en 1432. Vivió en Valencia desde los diez años. Su familia ocupaba una alta posición en este reino, pero también en Roma. Tío suyo era el cardenal Alfonso de Borja, quien “le llamó a Roma, y enseguida lo envió a estudiar Derecho en Bolonia, primera universidad en prestigio por los profesores de jurisprudencia. Su dedicación durante siete años le convirtió en un gran jurista” (Sánchez et alii: 1994, p. 9). Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Alejandro VI no era un ignorante ni un tonto.

Alfonso de Borja llegó al papado como Calixto III en 1455. Poco después concedió a su sobrino el cargo de Protonotario Apostólico, y menos de un año después (febrero de 1456) del nombramiento de Calixto III, Rodrigo Borgia fue nombrado nuevo cardenal de la Iglesia Romana. “Comenzaba así la carrera eclesiástica del joven clérigo a quien anteriormente se le habían asignado los cargos de Presbítero y Canónigo en las diócesis españolas de Segovia y Albarracín” (Sánchez et alii: 1994, p. 10).

File:Alfonso de Borja, obispo de Valencia y papa Calixto III.jpgCalixto III                                                                                                                                                      (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Alfonso_de_Borja,_obispo_de_Valencia_y_papa_Calixto_III.jpg)

No olvidemos que mientras estos sucesos tenían lugar se estaba produciendo el desmoronamiento definitivo del cristianismo en Oriente (Bizancio había caído en 1453). Veamos como A. Sánchez explica el panorama que se vivía en Italia en esta época a la muerte de Calixto III en 1458, que el futuro Alejandro VI vivió en primera persona:

“Los Estados de la Iglesia abarcaban desde la desembocadura del Po hasta las fronteras de Nápoles. Superados los desórdenes que habían destrozado la sociedad centro-italiana durante el Cisma de la Iglesia y la época de destierro en Aviñón, el poder pontificio se había institucionalizado a lo largo del s. XV. Se implantaba al mismo tiempo la cultura clasicista [en otras palabras, el Renacimiento cobraba verdadera fuerza] así como una creciente mundanidad apoyada en las riquezas que los señoríos y la Curia iban acumulando [dicho de otra manera, los aspectos materiales ganaban en importancia, en aspectos como el arte o la vestimenta]. Las luchas por el poder no rehusaban el empleo de las armas, del veneno o del soborno. Pero el espítiru renacentista suscitaba gigantescas personalidades como tal vez no aparecieron en otro tiempo cualquiera” (Sánchez et alii: 1994, p. 11).

 

Aunque el mapa representa la situación de los Estados italianos muchos años después (1494), igualmente nos ayuda a hacernos una idea.                                                        (https://es.wikipedia.org/wiki/Córcega)

 

Gracias a sus méritos en la pacificación de Ancona, le fue otorgado el título de Vice-Canciller de la Iglesia, un puesto de enorme importancia, que además fue ratificado por todos los papas que se sucedieron en el trono pontificio hasta su propio ascenso. Esto le granjeó las simpatías de muchos cardenales. Podemos afirmar que ya para esta época la carrera hacia el trono de la Santa Sede era netamente política y que la fe tenía poco que ver.

Rodrigo Borgia ejercía una influencia muy notable sobre los demás cardenales en los cónclaves (para más información: https://es.wikipedia.org/wiki/Cónclave), haciendo incluso que llegara a decantarse la elección del papa de uno u otro lado, como sucedió con la elección del papa Pío II, con la de Sixto IV y con la de Inocencio VIII. Como Vice-Canciller tenía una enorme influencia y usó fondos propios para financiar obras y gastos militares de los Estados Pontificios y otros países cristianos. Como dice A. Sánchez: “Esta influencia era ganada paso a paso por los servicios prestados a la Iglesia y a los intereses de los países cristianos” (Sánchez et alii: 1994, p. 13).

En su visita a la Península Ibérica (1472) a fin de ganar apoyos contra los turcos en el papado de Sixto IV, quien estaba “desesperado e impotente” según A. Sánchez (Sánchez et alii: 1994, p. 13), dio muestras del poder creciente de que gozaba. “El recibimiento del pueblo valenciano fue apoteósico” (Sánchez et alii: 1994, p. 13). Consiguió que a Isabel y Fernando (futuros reyes de Castilla y Aragón y ya casados en aquella fecha) se les concediera una dispensa papal a causa de tener estos un tercer grado de consanguinidad (para saber más sobre las dispensas: https://www.am-abogados.com/blog/la-dispensa-canonica-de-los-impedimentos-matrimoniales/3644/).

Más tarde apoyó a Isabel en sus pretensiones al trono castellano, intentando que el rey Enrique IV inclinara hacia ella sus preferencias en la sucesión. Celebró numerosas reuniones, entre ellas un Sínodo en Segovia. También en el terreno político ejerció influencia, granjeándose una alianza con los futuros reyes Isabel y Fernando que nunca se quebraría. No sólo a la Península le llevaron sus viajes, sino también a la corte del Emperador Maximiliano y al Reino de Nápoles .

El papa Inocencio VIII (1484-1492) murió en julio de 1492 tras lo que se procedió a celebrar un cónclave que elegiría al siguiente papa. El juego de alianzas e influencias que inmediatamente se desató estuvo encarnado en dos facciones encabezadas por un lado por el Cardenal de la Rovere y por la otra por el Cardenal Sforza. Rodrigo Borgia fue propuesto por Sforza una vez que este tuvo claro que no conseguiría llegar al papado, pues el Cardenal Borgia no estaba en realidad deseoso de presentar su candidatura.

En un principio la elección estuvo igualada pero, al romperse el equilibrio gracias al Cardenal de Venecia, los cardenales que antes habían votado por el otro candidato fueron decantándose por el Cardenal Borgia, haciendo que la votación resultara en una decisión unánime. EL 26 de agosto de 1492 Rodrigo Borgia fue coronado papa con el nombre de Alejandro VI.

A partir de este momento, Alejandro VI estaría aún más inmerso si cabe en la vorágine de intrigas y negociaciones que se daban en toda la Europa cristiana de aquel entonces, entre cuyos protagonistas más destacados encontramos a Fernando de Aragón (esposo de Isabel de Castilla) y Carlos VIII de Francia, quien para el momento de la coronación del nuevo papa estaba preparando la ocupación del Reino de Nápoles (sur de Italia).

Tenemos un párrafo en la obra que sirve de fuente a esta entrada donde apreciamos el carácter de este papa, fuera de consideraciones morbosas tan abundantes en obras de ficción con un trasfondo histórico:

“Inmediatamente a su coronación creó una especie de Tribunal Supremo nombrando a cuatro grandes doctores en Jurisprudencia. Dictó luego normas para evitar abusos judiciales en los tribunales inferiores. Reformó el sistema de prisiones. Creó un recurso de audiencia fijando un día a la semana para escuchar personalmente las quejas de quienes se sintieran objeto de injusticia” (Sánchez et alii: 1994, p. 16).

Queda claro que esto no se produjo por casualidad. Como dijimos anteriormente, el papa era un hombre muy versado en jurisprudencia gracias a su estancia en la Universidad de Bolonia. Introdujo también las Reformationes Alexandri VI, el “documento de Derecho público más previsor y completo de la Roma papal, abarcando la administración del Estado, las relaciones civiles y la justicia criminal” (Galán y Deus, 2012: cap. II).

Puesto que esto es materia para otra posible entrada, me limitaré a reflejar aquí que la actividad diplomática del papa fue muy intensa en lo que a la lucha contra el Islam se refiere. Entre otras medidas, emitió una bula para que los reyes de Castilla y Aragón siguieran la guerra en el norte de África tras la caída del reino de Granada.

La Iglesia de la que Alejandro VI había pasado a ser cabeza requería de numerosas reformas internas, acuciantes por el descrédito creciente que provocaba la mundanización de la corte papal. “Las instituciones que hubieron de fortalecerse para sobrevivir en las épocas de la edad de hierro medieval quedaban en gran parte inútiles, y los nuevos retos del Renacimiento clasicista, así como la formación de los Estados Modernos, requerían nuevas actitudes y nuevos instrumentos de relación” (Sánchez et alii: 1994, p. 19). Para esto fue fundamental la creación del Consistorio, una suerte de órgano a la vez consultivo y ejecutivo que resultó no poder llevar a cabo sus fines satisfactoriamente, al contrario que un concilio.

Ángel Sánchez evita, a mi juicio acertadamente, hablar de aquello que no pueda ser tenido como prueba inamovible, lo que él llama la “crónica negra” (Sánchez et alii: 1994, p. 19). El autor achaca a quien fue secretario del papa, Adriano Castellesi, gran parte de la culpa de que la figura de Alejandro VI se viera rodeada de un halo de corrupción y deshonor. ¿Le suena, estimado lector, que algún otro secretario fuera el responsable de la leyenda negra que aún pesa sobre todo un país en nuestros días? “¿Qué no sería adecuado para legitimar las relaciones de Lutero, las bigamias del Elector de Sajonia, y desde luego el expolio de todas las riquezas monásticas y episcopales por los Príncipes alemanes?”, dice Sánchez (Sánchez et alii: 1994, p. 23).

Potencias extranjeras se disputaban territorios en Italia durante el papado de Alejandro VI (y lo seguirían haciendo después de su muerte), entre ellas Francia y Aragón, el primero siempre deseando hacerse con Nápoles y el segundo oponiéndosele; primero sucedió con Carlos VIII y más tarde con Luis XII, a cuyas ambiciones siempre se opuso Fernando el Católico.

Alejandro VI llevó a cabo algo muy corriente en la política de aquellos años, que fue posicionar a gente de su familia en puestos de importancia o casarlos con personas de relevancia. En estos asuntos, fue la figura de Lucrecia la que cobró mayor relieve. A César lo convirtió en comandante de los ejércitos vaticanos y a Jofré lo casó con Sancha de Aragón.

Continuando con el proceder político, Sánchez dice: “Si la acción política de Alejandro VI fue proclive a los intereses españoles, no fue excepcional en una época en que la  presencia diplomática y militar española, sobre todo de la Corona aragonesa era determinante en el equilibrio del área mediterránea ente la presión islámica” (Sánchez et alii: 1994, p. 27).

Cuando surgió el desacuerdo entre Portugal y España acerca de quién debía poseer las nuevas tierras descubiertas, no fue otro que Alejandro VI quien medió entre las dos coronas para llegar a un acuerdo. Este acuerdo llegó con el Tratado de Tordesillas (1494), que evitó un verdadero enfrentamiento entre los dos reinos. Esto no habría ocurrido de no haber sido el papa un negociador hábil, pues los portugueses no estaban dispuestos a permitir que Castilla se quedase con todos los beneficios que reportarían las nuevas tierras descubiertas. El pontífice logró que las dos coronas se pusieran de acuerdo.

Acerca del ambiente renacentista de finales del s. XV, Sánchez escribe un párrafo bastante sintético:

“Roma brillaba en los últimos años del siglo XV acogiendo a los más importantes intelectuales, humanistas y creadores. En la Corte Papal las grandes Casas albergaban e invitaban a los mejores artistas. Y personalmente el Pontífice invitó a los más importantes juristas, cuyo conocimiento del Derecho Canónico le fue siempre tan apreciado como correspondía a sus propios estudios y a la tradición de Calixto III” (Sánchez et alii: 1994, p. 32).

Alejandro VI murió el 18 de agosto de 1503 y fue sucedido por Pío III.

De lo dicho anteriormente, podemos decir que la imagen que se nos da en películas, series y literatura del papa Alejandro VI es, al menos, exagerada. Se trataba de un hombre que tuvo que vivir en un tiempo en que intrigas e intereses contrapuestos determinaban la política no sólo de Italia, sino de toda la cristiandad.  En nuevas entradas seguiremos ahondando en ello.

 

Fuentes:

  • SÁNCHEZ, A., CASTELL, V. y PESET, M.: Alejandro VI. Papa valenciano, Generalitat Valenciana, Valencia, 1994
  • GALÁN, L., DEUS, J. C.: El papa Borgia, Aguilar, versión parcial online, 2012, consultado en Google Books (2/10/2017)

 

 

Sen felices, o inténtenlo al menos

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s